24.7.09

CXLIX

Al sufrir la derrota tal vez ninguna diferencia mayor como la abierta entre quien lamenta no poder desaparecer cuanto antes de la escena y la de quien tan sólo lamenta no poder dar la vida allí mismo a cambio de un nuevo salto inicial.

1.7.09

CXLVIII

En el momento de temer menos a los rivales que a los compañeros se estará cometiendo suicidio.

CXLVII

Quien sólo informa está mudo.

17.6.09

CXLVI

El tiempo es demasiado valioso para emplearlo allí donde nunca se vaya a llegar.

16.6.09

CXLV

Rara vez el público acuerda algo unánime, a excepción de condenar a los jugadores malditos. Tan sólo con ellos el público altera su condición de espectador por la de ciudadano, y aún peor, juez y padre.

13.3.09

CXLIV

Más extraviado que el juego sin entrenamiento el entrenamiento sin juego.

19.2.09

CXLIII

Al cementerio donde se agolpan nombres y números en lápidas vacías y todo lo que verdaderamente importa ha desaparecido lo llaman palmarés.

16.2.09

CXLII

Sólo el incapaz de espectáculo insiste en despreciarlo.

3.2.09

CXLI

Cuanto más encima un entrenador de sus jugadores, más se aleja de ellos.

31.1.09

CXL

Tan sólo a los más grandes cabe el honor de contar entre sus peores enemigos a jugadores contra los que nunca
se enfrentaron.

29.11.08

CXXXIX

Nada más deseable que la juventud, pero nada más valioso que la experiencia.

CXXXVIII

Entrenar no es ser entrenado. Lo primero es aprender y lo segundo ser ordenado.

CXXXVII

Es fácil descubrir a un impostor. El juego será lo último de que hable, si es que lo hace.

20.11.08

CXXXVI

La inteligencia brilla con el balón pero se descubre más a menudo sin él.

11.11.08

CXXXV

Ver baloncesto no significa entenderlo. Pero siempre será mil veces preferible lo primero.

4.11.08

CXXXIV

Cuando todo lo que está bajo los ojos empieza a cuestionar lo que está sobre ellos, es que asoma la retirada.

27.10.08

CXXXIII

La sonrisa del número uno del draft debería apagarse al bajar del estrado.

7.10.08

CXXXII

Bautizaron como falta técnica a la menos técnica de las faltas.

23.9.08

CXXXI

En el suelo,
el arte del juego.

En el aire,
su poética.


CXXX

De todas las enemistades en equipo la abierta entre técnico y jugador es la única que el Baloncesto no puede resolver.

23.7.08

CXXIX

El talento invade aquello no hecho.

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CXXVIII

El balón es al jugador sus manos. Al equipo un abrazo de todas ellas.

9.5.08

CXXVII

El suelo, de los anónimos.
El cielo, de las estrellas.
Pero sin anónimos,
ni suelo
ni cielo
ni estrellas.

15.4.08

CXXVI

La derrota madruga más que la victoria y florece mucho antes de iniciado el partido. El miedo suele ser su primer brote.

14.4.08

CXXV

Cada vez que haya rebote deberías pensar que lo que corre riesgo de caer al suelo o en manos de otro es tu propia hija.

31.3.08

CXXIV

Cuida el balón pero cuídate de su influjo. Cuando sea tuyo serás el centro de atención. Cuando no lo sea fíjate bien de quién lo eres y qué puedes hacer sin él. El balón es el dinero del juego.

28.3.08

CXXIII

La alegría es la emoción más valiosa. Y la más efímera. Nunca dura lo suficiente como para verse harto. No se juega para alcanzarla, sino para reproducirla.

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27.3.08

CXXII

Todo jugador es único pero algunos lo fueron de verdad.

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22.3.08

CXXI

Evaluar a los jugadores como producto de técnica y física es como hacerlo con los hombres con ropa y sin ella.

CXX

Un líder es un tipo al que seguir sin darse cuenta.

CXIX

El verdadero valor de un jugador no lo establece la victoria, sino la memoria.

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CXVIII

Ataque y defensa precisan por igual la ambición de atacar.

CXVII

Cuando todo haya terminado
quédate unos segundos allí.
Porque muchas veces desearás
volver a estar donde ahora estás,
sentir lo que ahora sientes
y ser lo que ahora eres.

Quédate unos segundos allí,
mira a tu alrededor
y déjate ser el momento.

Porque ese momento ya no volverá
y la felicidad dura un instante.

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CXVI

Un equipo es un estado que rara vez se alcanza.

21.3.08

CXV

Dios creó a hombre y mujer.
El Baloncesto, a Magic y Bird.

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CXIV

Balón y aro son al juego genitales. De unos pocos depende su pasión pero de todos su goce.

20.3.08

CXIII

La suerte en el Baloncesto tan sólo cabe en la memoria del derrotado.

18.3.08

CXII

Pertenece nuestro juego a las diversiones que suspenden el sentido del humor.

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14.3.08

CXI

Hay dos tipos de tiradores. Los convencidos de que entre ellos y el aro hay demasiadas cosas y los que además juegan.

9.3.08

CX

El balón agrava la soledad de quien lo porta. Por eso los más generosos son los menos solitarios.

8.3.08

CIX

Peor que las lesiones, temerlas.

7.3.08

CVIII

Aquella mañana de invierno de 1891 James Naismith alumbró en el gimnasio un nuevo juego. Años después estrechaba la mano de quien había sido su pupilo en el equipo de Kansas. Se llamaba Phog Allen y le relevaba en el cargo. Allen prosiguió su carrera hasta que uno de sus muchachos, Adolph Rupp, asumió la dirección del equipo de Kentucky. De los muchos jugadores a su mando, uno de ellos, Pat Riley, continúa ejerciendo a día de hoy, adonde hemos llegado a través de tan sólo cuatro nombres.

Qué joven es nuestro juego.

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5.3.08

CVII

“No me veo como Abdul-Jabbar jugando hasta los 40”
(Michael Jordan, 1990)

El tiempo pasa demasiado deprisa como para creer que lo hará demasiado despacio.

CVI

Del equipo titular es responsable el entrenador. Del fondo del banquillo, el jugador.

22.11.07

CV

El niño imita a sus mayores y el jugador a sus mejores. Por eso la vida fracasa y el Baloncesto prospera.

CIV

El mejor jugador que el destino depare nunca lo será mal acompañado.

14.11.07

CIII

Las estadísticas son muy generosas. Reparten lecciones a unos y munición para todos.

8.11.07

CII

El peor riesgo del analista es acabar convencido de que las canastas son lo último que celebrar y sus autores lo primero que condenar.

1.11.07

CI

Nada explica mejor el éxito de un jugador que la suma de quienes desean su fracaso.

23.10.07

C

Una lejana noche del 62 un gigante hizo de sus rivales muñecos y del juego un juguete.

XCIX

Cuando el Baloncesto se vuelve previsible el juego deja de serlo.

22.10.07

XCVIII

En una de las miles de veces que los Globetrotters cumplían su intención de divertir a la gente que acudía a ver sus partidos, aquella vez sobre tierra y en una pequeña cancha al aire libre, la sonora risa de un muchacho durante toda la velada llamó la atención del equipo de Harlem. Las carcajadas del chico, de pie bajo una de las vetustas canastas junto a un anciano que parecía susurrarle, no se detenían ni siquiera cuando el juego estaba detenido. Al término y movido por una enorme curiosidad Meadowlark Lemon se acercó al joven y le preguntó: “Dime, ¿qué te causa tanta gracia?”. A lo que el chico respondió: “Soy ciego y no puedo veros, pero mi abuelo me va contando todo lo que hacéis y es maravilloso”. Conmovido Lemon corrió a contarlo a sus compañeros antes de que todos ellos firmaran el balón y le hicieran entrega del mismo al muchacho.

20.10.07

XCVII

El tapón es un mate defensivo.

XCVI

Para establecer el valor de un jugador importa menos el disgusto del equipo rival que el gusto del propio.

XCV

Conviene más pasar el balón a quien lo espera que a quien lo persigue.

18.10.07

XCIV

No se mide al ganador por la victoria, sino por las ganas de ganar.

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XCIII

Tirar es la más preciosa apuesta del juego. Pero quien no hace otra cosa lo tira todo por la borda.

XCII

Entierra al baloncesto de ayer el baloncesto de hoy, que a su vez será enterrado por el de mañana. Para que todo este absurdo resulte menos terrible lo mejor es no olvidar que quien entierra el pasado entierra el presente, que será pasado mañana, aunque ahora no lo sepa.

28.7.07

XCI

Para el entrenador de élite no hay cielo por encima del marcador.

13.3.07

XC

Para que un gran jugador cumpla su deseo de mejorar a los compañeros tan sólo precisa una cosa: compañeros capaces de mejorar.

LXXXIX

Si para cortejar al acierto sólo vale la rutina, no hay excusa para quien malgasta tiros libres.

27.1.07

LXXXVIII

Que la venganza se sirve en plato frío y no hace honor a quien la toma carece de valor en el Baloncesto, allá donde por la feliz posibilidad de reiterarse, la venganza de aquellos talentos que inicialmente se vieron despreciados se sirve en plato caliente para honor de quien la toma y regocijo de todos.

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19.1.07

LXXXVII

Anida en lo más hondo de cada jugador el lejano recuerdo de un momento decisivo, traumático, que vino a descubrir que entre él y el Baloncesto habría de alojarse en adelante un cuerpo extraño al que llamaban entrenador.

LXXXVI

Len Bias no murió a la hora que la historia indica. Horas antes de caer al suelo sus pasos, gestos y palabras, tenían ya lugar desde el cielo.

LXXXV

En el Baloncesto, como en la vida, la memoria ajena descarta mil aciertos por cada error cometido.

15.1.07

LXXXIV

A Julius Erving
En el inagotable cortejo a la canasta para obtener sus favores reside el sentido erótico del Baloncesto. Y sin embargo muy pocos alcanzan a interpretar un verdadero Baloncesto erótico, que tiene en la bandeja a su primera y más sencilla expresión. La bandeja es un delicado beso a la boca del aro que rara vez no es correspondido.

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10.1.07

LXXXIII

Elaborar el Baloncesto por necesidad es un arte que hace interesante a este juego. Sólo que algunos llaman Baloncesto elaborado al que, sencillamente, se juega sin aros por una desgraciada mezcla de entrenadores que se sienten demasiado capaces y jugadores realmente incapaces.

16.12.06

LXXXII

La versatilidad es un bien deseable salvo cuando sirve de pretexto para no destacar en nada.

LXXXI

Con el balón en los pies Maradona fue un genio. Con el micro, en cambio, la dolorosa prueba de una indigencia muy grande. Esta disparidad, resultado de una vida entregada a la actividad deportiva, se extiende a la inmensa mayoría de deportistas a los que algún imbécil decide ceder el micro o la pluma al más alto precio como si deporte y comunicación fueran la misma cosa, el mismo talento. Y la práctica de un deporte es a la comunicación lo que el guiso a la astronomía.

14.12.06

LXXX

Los jugadores más grandes cargaron en silencio la cruz de disculpar su tamaño.

LXXIX

Si en mitad de un examen no está permitido salir al baño, el cantante no puede interrumpir su pieza ni el actor abandonar la escena, al Baloncesto le sobran los tiempos muertos.

11.12.06

LXXVIII

El Baloncesto como deporte de equipo es un bonito principio que conviene vulnerar cuando a un jugador le está entrando todo.

LXXVII

La táctica es la civilización del juego. Pero escapar a ella no es de salvajes, sino de jugadores.

LXXVI

Corre siempre que puedas salvo que tu carrera no vaya a ningún sitio.

7.10.06

LXXV

Las faltas por error humanizan el juego. Por necesidad, lo envilecen.

23.7.06

LXXIV

El paso del tiempo encarece los recursos del cuerpo. Así el joven salta por instinto, el maduro por necesidad y el veterano por alegría.

22.7.06

LXXIII

La técnica es el lenguaje del talento.

LXXII

El sacrificio en solitario hace del jugador un erudito. En equipo, un sabio.

LXXI

Que de entre las muchas opciones disponibles Jordan eligiera a Collins doce años después de largarlo explica, primeramente, el irrefrenable deseo de expiar un profundo sentimiento de culpa.

16.7.06

LXX

Remontad la materia hasta su principio y obtendréis un átomo. Hacedlo con el Baloncesto y obtendréis un tiro, el más primordial acto que cometer ante la seductora soledad del aro.

LXIX

Cuando a muchos deportistas socorre un “no tengo palabras”, efectivamente no las tienen, a pesar de la emoción.

10.7.06

LXVIII

En el tiro la indecisión corteja al fallo como la cama al sueño.

7.7.06

LXVII

En 1900 la anatomía de un jugador de Baloncesto era la anatomía de un hombre cualquiera. En 1950 la diferencia entre un jugador NBA respecto al hombre medio universal aún podía resultar difícilmente apreciable. En 2000 esa diferencia aumentó lo suficiente como para que muy pocos jugadores pasaran ya desapercibidos entre la población. En 2050 la diferencia será tal que hará posible observar la fauna NBA como una subespecie de genética muy superior al común de la vida humana. Más allá en el tiempo el planeta mismo habrá quedado pequeño para ellos.

Y todavía se cree que la altura de los aros será eterna.

1.7.06

LXVI

De entre los peores vicios que genera la necesidad de ganar pocos igualan a la simulación de las faltas.

LXV

Involucra a todo espectador algún tipo de ánimo situado entre la apatía y la alerta. Pero en todo caso correrá el riesgo de alejarse en exceso del jugador. Y tendríamos que estar ahí abajo para comprobar lo difícil que resulta que las cosas, simplemente, salgan bien. O aun peor, al gusto nuestro.

30.6.06

LXIV

Cuando toque banquillo, que únicamente repose el cuerpo.

28.6.06

LXIII

El jugador empieza donde la indiferencia acaba. Hasta entonces tan sólo asoma un disfraz.

LXII

Tanto dolor infligió Shaquille O'Neal a marcadores y aros como sufrió de marcajes y tiros libres.

LXI

Que el control de la primera finta pertenezca al autor y el de la segunda al marcaje y entre una y otra no medie más que un pestañeo, es una preciosa demostración del asombroso misterio que en nuestro juego encierra la mímica.

LX

Recelo de la numerología como superstición. Pero descubrir un buen día que Jordan abandonó su extraño dorsal 45 en la velada número 23 me sigue despertando una fascinante sospecha.

20.6.06

LIX

Sonroja ver cómo Antoine Walker, en muchas de sus penetraciones a ciegas hacia una pintura repleta, abusa de arrojar el balón arriba a la búsqueda de la mano salvadora de Shaq. De ese vulgar modo cede la responsabilidad a otro en el peor momento y suplanta el favor del pase por una evasiva con que salir airoso del berenjenal en el que nadie más que él se ha metido.

Una de las muchas razones por las que siempre favorece contar con un compañero atlético es que hasta el mal pasador deja de parecerlo cuando propone un alley oop, la manera más cómoda y sencilla de disfrazar el pase grueso de una como precisa asistencia.

19.6.06

LVIII

En el Baloncesto del talento se vive y del oficio se sobrevive, salvo cuando la estatura acude en ayuda del inepto y disimula las vergüenzas del vago.


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LVII

El equipo perfecto apenas botaría el balón.

LVI

Cada vez que un jugador acude al tiro libre el Baloncesto se convierte, de repente, en un juego de mesa. Pero ojo, sólo para el apostante.

8.4.06

LV

El mejor base no es el que dirige, sino el que propone.

LIV

Todo jugador sale motivado de un acierto, pero debería hacerlo menos que de un fallo.

7.4.06

LIII

El mate es el tiro más corto que existe.

LII

Defender es molestar. Toda defensa no es si no un infinito repertorio de molestias y una sola agresión, que no es al hombre sino al balón. He aquí el arte de la defensa y su contrario, la falta de arte y la sobra de falta.

17.12.05

LI

Por la voluntad de ganar escribió el Baloncesto sus más épicos episodios. Por la de crear, los más hermosos.

L

Si algo hay que temer de la evolución es que alcance un punto donde la intervención de la fuerza separe definitivamente a la calidad de la victoria.

XLIX

Quien corre y hace correr, piensa y juega a la vez. Quien no lo hace nunca, solamente piensa. O eso parece.

XLVIII

No todo compromiso vence, pero nada vence sin él.

XLVII

Hay dos tipos de jugadores: los chiquillos y los hombres. Pero no por lo que está usted pensando. Sino porque unos se divierten y los otros no.

1.12.05

XLVI

Todo el universo del Baloncesto está contenido en un triángulo isósceles cuyos lados mayores representan a jugador y espectador. Adivinen ahora quién detesta ocupar el lado pequeño.

XLV

Es interesante apreciar el peso de un jugador en su equipo por la cantidad de balones que recibe. Pero más aún por el número de ellos que no espera.

XLIV

Una canasta vale el doble que un tiro libre, cuyo valor es la tercera parte de un triple. Y en los tres casos hablamos de la misma acción: el balón atraviesa el aro. Esto invita a pensar que todo lo que precede a la canasta tiene que ser demasiado valioso como para que un engaño tan enorme proporcione a este deporte tanta atracción.

XLIII

Pasar mucho no significa pasar bien. Quien pasa bien genera juego. Quien solamente lo hace mucho lo ignora como un incapaz, un cobarde o ambas cosas. Es la diferencia entre quien lo entiende y quien, sencillamente, se desentiende.

29.11.05

XLII

Puede que Petrovic, Sabonis y Kukoc rindieran en la NBA por encima de lo que los americanos esperaban pero por debajo de lo que los europeos deseaban. La diferencia estriba en que mientras unos creen que dieron allí lo que en verdad eran, los otros jamás dejarán de preguntarse por qué Petrovic murió pronto, Sabonis llegó tarde y Kukoc nunca fue lo más importante de su equipo. He aquí el triple acecho de una legítima e irresoluble insatisfacción.

9.10.05

XLI

En el banquillo reposa la única necesidad que no agudiza el ingenio.

XL

El buen entrenador no es el que gana, sino el que deja que lo hagan sus jugadores.

XXXIX

Si sólo quieres rebotear, que tiren otros.

6.10.05

XXXVIII

Un novato es sobre todo un afortunado. Joven y movido por lo más enérgico de la vida, será enseguida rico, y famoso, y atractivo. Ha conseguido llegar, todo se le perdona y sabe que lo mejor está aún por venir. Pero le falta lo esencial. No es un jugador. Es un niño que ya habla, pero no razona. Y al igual que un niño no es un hombre, tampoco el novato un jugador. Así el baloncesto universitario me pareció siempre, a lo más, una bonita guardería donde se aprende a jugar, pero donde aún no se juega. Porque no hay jugadores. Sino aprendices.

27.9.05

XXXVII

El chaval despertó la primera atención tras endosar 30 puntos a los Kings, allá por enero. Pero su gran noche llegaría el último día de mayo. Aquellos 6 triples a Minnesota fueron decisivos para conducirles a las Finales por cuarta vez en cinco años.
-¿Sabes, Kareem? Estoy considerando muy seriamente la posibilidad de hacerte titular el año que viene y probar a Kobe como alero.
El chico no durmió aquella noche. Había soñado con algo así desde que abandonara Missouri. Pero llegaron las series más negras en la historia amarilla. Hablar de fracaso sería generoso. El ridículo fue absoluto. Phil se largó. Como Shaq y el grueso del equipo. Kareem Rush aguardó en un rincón a que pasara la tempestad. Y empezó a llegar gente. Extraños. Odom, Grant, Butler, Atkins... y Tomjanovich como nuevo jefe. Los extraños se olvidaron del chico. En diciembre lo largaron como largan a los figurantes en Hollywood, de mala manera. Lo enviaron a una obra y lo cambiaron por dos cromos sin rostro. Dos segundas rondas rezaba la nota.
El sueño del chico quedó rotó. Ya no sería titular en el mejor equipo del mundo.
Todavía se pregunta qué fue lo que hizo mal.

18.9.05

XXXVI

Que un jugador concentre todos los aclarados y que su equipo abuse de ellos es la prueba más explícita de que, o bien sobra el jugador o bien sobra el equipo. Pero quien seguramente sobre sea el técnico.

XXXV

Una canasta es la cosa más ninfómana que hay. Vive sólo para ser penetrada. Prívala del balón y tendrá el mismo sentido que la vagina de una monja.

16.8.05

XXXIV

Por lo sincero de sus dos términos, pocas expresiones tan acertadas como “rueda de prensa”: una gira y la otra aprieta. Y así no hay quien se mueva. Deberían ambas olvidar para siempre ese desastroso punto de encuentro que traiciona lo esencial de cada una. El deportista hace el deporte, la prensa lo escribe y el lector lo lee. Pero si el deporte no sabe hablar y la prensa lo recoge, al lector no llegarán más que bobadas.
Cuánto agradecería el deporte no salir de lo suyo. Y aún más la prensa si en lugar de molestar, de deporte hablara. Así habría deportistas, y no analfabetos. Periodistas, y no recaderos. Y por supuesto lectores.

13.8.05

XXXIII

No habrá salido el balón de tus manos cuando ya debieras imaginarlo dentro. Siempre que tires, que sea por segunda vez, como la prueba material del acierto imaginado.

9.8.05

XXXII

Hay en el mundo dos tipos de espectador: el que ve Baloncesto y el que tan sólo ve un equipo. El primero tiende a disfrutar; el segundo, a sufrir. Uno gana siempre; el otro rara vez. Aquél no excluye a nadie. Éste corre el peligro de hacerlo. Y si fuera el excluido su equipo, el Baloncesto perdería un tuerto. Pero ganaría un espectador.
En caso contrario, aún el Baloncesto saldría ganando... un asiento precioso.

XXXI

Una falta es una falta y muy pocas son personales.

XXX

De todos los jugadores habidos, y en particular, de esos que llaman duros, me pareció siempre ver dos grandes grupos: los que provocaron intimidación y los que nunca cedieron a ella. A este último pertenece alguien que difícilmente aparecería en lista alguna y que yo, por ese mismo motivo, creo hacer justicia rescatándolo de la memoria. Su nombre, Darrell Walker.
Fueron innumerables los episodios de noble fiereza que este negro de raza, siempre en segunda línea de toda gloria, se vio como empujado por justicia a protagonizar. Walker era primero compañero y luego jugador. Uno de esos raros ejemplos que, tomándose muy en serio su profesión, nunca quieren estar a salvo de nada. Antes bien dejar pasar a todos en un naufragio sin saber nadar y aun después, probar sacar a flote la embarcación. Ya era de sobra revelador que siendo como quien dice un recién llegado no tuviera el menor reparo en reprender sin disimulos a quien no creyera estar poniendo toda la carne en el asador. Para Walker jugar a Baloncesto no era, como se acostumbra a creer, practicarlo, sino sentir alguna responsabilidad en ello. Así mantuvo siempre aquella felina expresión ya fuera de corto en pista, de chándal en el banco o de traje en aquellos jóvenes Raptors. Como deportista, él no era más que su entrega.
De cuántos negros de su época quisieron romper la cara a Laimbeer ni se sabe. Pero pocos fueron los que de verdad llegaron a tocarle. Uno de ellos, Walker, que sin mediar palabra y menos tontería, acudió una vez a soltarle un mamporro que dio con el blanco en el suelo tras de los fotógrafos. Donde otros habrían escurrido el bulto por suficiente y por temor a la chusma que se le venía encima, allá que aguardó tieso Walker, de cara y con las manos abajo, como en un duelo de honor, la posible respuesta del ultrajado, que tratándose de Laimbeer, nunca se producía. Cuando Karl Malone soltó tan “ligeramente” el codo que al pequeño Isiah tuvieron que suturarle con cuarenta puntos –clínicos esta vez–, el fornido alero, que se hacía como el sueco a los borbotones de sangre que cubrían el rostro de su víctima, lo mismo pensaba salir de rositas. Y en efecto así habría sido de no ser nuestro hombre el único que sintiera hervírsele las venas ante la posibilidad de que aquel “valiente” saliera impune de un entuerto, tuvo que pensar, tan desigual. Pues allá que salió Walker despavorido del banquillo, él solito, a recorrer a ciegas toda la pista y desatar una embestida de justicia a quien le sacaba la cabeza, el cuerpo y el quicio del juego limpio. Merecido lo tenía y así el verdugo, consciente ahora sí de lo que había hecho, ni respondió.
Me encantaría haberle recordado por otras muchas cosas, que bien buenas las tuvo. Pero soy de los que piensa que uno debe ser recordado, si sólo es un recuerdo, por las primeras luces que acuden a la memoria. Suelen ser las más verdaderas. Y en Walker, cuya carrera empezó a perder fuerza desde el primer día, no es otra la que me llega. Y con un resplandor que me sobra. Así, pocas cosas me han emocionado tanto que verle llorar a lágrima viva, como un chiquillo, como un hombre, en aquel vestuario de gloria que, por casualidades de la vida, le tocó compartir en el último soplo de su vida deportiva, allá con Chicago en 1993. Mientras otros brincaban, reían, saludaban, tentaban la copa y el champán, él lloraba y lloraba abrazado a quien estuviera a su lado. Y lo hacía porque en el fondo de sí mismo se supo siempre de todo premio privado.
Es curioso lo de aquel equipo. Pues si alguien me preguntara qué dos jugadores compartieron la más opuesta actitud en una misma plantilla, no dudaría un segundo en responder: Darrell Walker y Stacey King en los Bulls de 1993.

20.5.05

XXIX

Si el hábito vacía, la rutina aburre y el tiempo agota, nada más admirable que el entusiasmo del veterano.

XXVIII

A veces me pregunto qué sería del Baloncesto sin los entrenadores. Y al rato, no sin sentirme algo culpable, nada negativo resuelvo. Se me antoja al contrario tan fascinante el desenlace como un mundo donde el hombre no tuviera que comer.
Liberar al juego del gobierno de un solo individuo no es, como se apresura a creer, adentrarlo en las cavernas del caos, sino que, preservando el reglamento y los jueces, el Baloncesto sin entrenadores habría sido exclusiva cosa de jugadores, libre selección natural. Y aquellos que despuntaran en la dirección de los destinos, quienes organizaran los turnos y ausencias, los depositarios en definitiva del mando y liderazgo en el grupo, serían simplemente los más aptos para ello. Quiero creer que todo abuso sería corregido por las decisiones del común y no, como hasta ahora, por las de un solo tipo que ni siquiera juega. Sé que todo esto resulta una herejía. ¿Y acaso no lo es pensar que sin ellos el juego sería imposible o cosa de disminuidos?
Que nadie tergiverse el mensaje. No es mi intención liquidar a quienes admiro más que lamento. Pero me seduce imaginar qué inescrutables rumbos habría tomado el Baloncesto si, huyendo de la prisión táctica del capitán, fuera navegando a la deriva del vasto océano donde los jugadores pujar, sobrevivir al naufragio por obra de lo espontáneo y lo humano, en igual silvestre sentido que a todos nos cautivó alguna vez en la calle.
Pienso que esa tolerable anarquía habría dado, sobre la misma topografía de competición que conocemos, experiencias más gratas de que lo cupiéramos imaginar. Porque, si los mejores equipos que la Historia dio lo fueron bajo el influjo de una diversa represión –obra de los técnicos–, qué grado de excelencia no cabría concebir para aquellos campeones que lo fueran en completa libertad.

19.5.05

XXVII

En la película del Baloncesto la estadística no es el título, sino los créditos. Y mal espectador será aquel que al leerlos crea haberla visto.

15.4.05

XXVI

Donde no llegue tu velocidad, que lo haga el balón. Es el jugador más rápido. Pásalo.

11.4.05

XXV

Anoche tuve una pesadilla. Soñé con una mano. Con una mano cortada. Reposaba muerta en el suelo. Y allí vació enseguida su sangre, desnudando con crudeza a la vista parte del hueso y flecos informes de carne. La mano pertenecía al más desdichado jugador. Un valiente que se atrevió a interponerla entre el aro y uno de esos salvajes mates que no pueden, que no deben ser detenidos. No lo vi. Ni quisiera. Pero es de suponer que luego del fugaz forcejeo en el cielo, el matador ganó la partida y el aro actuó de navaja de tan trágica manera que mano y balón se confundieron en la entrada. Los gritos y el pánico ajenos mediaron casi al instante, cuando la víctima fue advertida por otros de la gravísima pérdida. Ni se había apercibido y acudía inocente a recoger el balón. Entonces sí, presa menos del dolor que del espanto, el jugador cayó desmayado. Y yo desperté. La nítida visión de aquel absurdo medio brazo pudo conmigo.
Sé que en adelante no dejaré de preguntarme dos cosas: cuánto vale un tapón en esas condiciones y qué condiciones alcanza el organismo para que el fragor del juego pueda indultar el dolor extremo. Nada de esto es soñado ni infrecuente. Es real en cada partido.
Qué cerca creemos ver a los jugadores y qué remotos nos son en realidad. Hay algo en ellos que a diferencia de nosotros los hace estar ahí. Algo que no es propiamente humano, como la mano muerta que nunca desearía ver.

XXIV

Observad la inmediata reacción de los jugadores más jóvenes luego de anotar una canasta. Está el que agacha la cabeza tan rápido como acude a defender. Hay, en cambio, quien no tratará de ocultarse y hará gala de una visible actividad llena de sobras más que de utilidades. Aquel padece el rubor propio de haber regalado algo. Este por el contrario se siente el regalo mismo. Predomina el primer caso en Europa y el segundo en Estados Unidos. Y aunque pudiera parecer pequeña, es tanta la diferencia como la que separa a la virgen de la puta.

10.4.05

XXIII

No puedo ceder a este capítulo contenido distinto. Y es que se da el caso de que en la numerología deportiva universal el 23 ya tiene nombre. Y es sumamente improbable que alguien lo arrebate.

9.4.05

XXII

Faltaban tres minutos para el descanso cuando de repente el colosal cuerpo del marcador electrónico de cuatro caras y cinco toneladas de peso, cayó desde el techo del pabellón al mismísimo centro de la pista a una velocidad que nadie habría podido concebir más endiablada. Al estruendo del impacto y la violenta sacudida del recinto sucedió el súbito silencio de todos los presentes, congelados en un instante eterno de pánico. El gigantesco mecanismo había incrustado la mitad del fuselaje en el parqué, cuyo contorno se abría levantado en azarosas láminas que amenazaban como enormes cristales rotos. Los jugadores habían corrido despavoridos a uno de los fondos. Al verlos allí apiñados predominaba en el observador la extraña impresión de ser los únicos miembros de la multitud que vestían de corto. Quizá fuera ésta la razón que animaba estúpidamente a contarlos.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... nueve... nueve... Tan sólo nueve. No había modo de encontrar al décimo.

8.4.05

XXI

La victoria es plural. La derrota, unánime.

XX

No conozco mejor terapia contra una gran derrota que avivar el recuerdo del jugador de tres modos: lo que acaso pudo ganar, lo que aún podrá ganar o lo mucho que está ganando.
Este último caso sería además el único donde hablar de dinero en el deporte no resultaría estúpido.

7.4.05

XIX

Cuando ese atlético jovencito sienta alcanzar el cielo a cada nuevo mate y nada desee más que seguir haciendo la misma cosa, estará cometiendo una terrible ingenuidad. Creer que el mate reúna a la vez todo aquello que el mate no sea.

3.4.05

XVIII

Hay canasta. Y su autor baja a defender. O a cumplir una tarea más próxima. Pero todo lo hará inmediatamente aprisa, urgente, ciego. Se trata de un automatismo común a todo jugador de origen menos técnico que psíquico. Ser el fulgurante centro de atención obra en el cuerpo como la llama en la mano. Quema y sale despavorida. Se trata de un reflejo condicionado incluso en quienes más gustan de protagonismo. A excepción de Dennis Rodman, que como reflejo, no lo fue más que de sí mismo.

XVII

No me libro de ver a Dominique Wilkins como algo embrionario, algo indómito y salvaje, como afectado por un influjo primitivo, una especie de genético barbarismo que lo hacía explotar a gusto en la plenitud del mate. Todos sus embates no fueron más que una ocupación intensamente activa del espacio y una sexual predación del hierro. Nadie hubo en ese arte más bárbaro que él. Y a su través comprendí que no era posible hablar en los mismos términos de los atletas. De un lado, los blancos. De otro, los negros. Y en un aparte, este fabuloso semental del aire.

XVI

Además de una sádica humillación de la gravedad, siempre hubo algo de drástico en los mates de Jason Richardson. Parecen querer más de lo que pueden, y nada lo refleja mejor que esos trazos violentos y giros desgarrados que rara vez hacen de los mates divinas casualidades de la actividad deportiva. Quien observe con detenimiento su último ensayo en el concurso de Atlanta o sus repetidos fallos al logro imposible en Los Ángeles, sabrá lo que digo.
Si atendemos a sus realidades, habrá discusión sobre el mejor matador. Pero si de ideales se trata, el trono será suyo. Y es que no los hubo más improbables.

2.4.05

XV

Hay algo peor que ser incapaz de anotar. Demostrarlo a costa de otros.

XIV

No habrá jugador que no anhele repetir el condensado placer que sucede a un acierto.

XIII

“Habría que crear la canasta de cuatro puntos”, escuché alguna vez. Y yo no sé si quien diga esto, repare en la gravedad de la propuesta.
Se dan en el Baloncesto las canastas de dos y tres puntos. Esta sencilla convivencia encierra una perfecta matemática. Si uno pierde por dos o por tres puntos, estará a una canasta de salvar el partido, pues esa misma es la distancia que adeuda, el valor de una canasta. Pero si algún día, por no sé qué ridículo motivo, se diera la de cuatro, esta sencilla lógica anterior se vendrá abajo.
Apréciese que el principio matemático que rige la competencia en el Baloncesto arranca originalmente de una radical negativa: que jamás podrá haber canasta alguna, ni real ni imaginaria, que valga lo que otras dos. Lo contrario sería tan verdadero como equivaler a una persona con aquellas dos que juntas sumen su misma edad. Sólo seríamos justos si aprobando la de cuatro suprimiéramos la de dos por un absurdo repunte de valores. Pero la coexistencia de ambas, la de dos y su doble, sería un certero suicidio. El resultado de muchos partidos dejaría de ser verdadero.
Y me queda la extraña sensación de haber explicado una absoluta evidencia. He ahí precisamente el secreto. El Baloncesto es un deporte evidente. Gana siempre el mejor*. Y no se olvide que no todos los deportes lo son.

* Esta evidencia teórica excluye toda consideración de tipo arbitral.

30.3.05

XII

Por esta cosa tonta de ganar y como que la vida vaya en ello, qué a menudo se olvida el Baloncesto como juego, como desenfreno y diversión, como altruismo y como arte, como alegría y primavera de la vida, como la felicidad al sencillo alcance de la mano.
Deberíamos haber conseguido el modo de hacer a Magic Johnson verdaderamente inmortal.

29.3.05

XI

Lo que hace único al Baloncesto no son los dos puntos sino la forma en que se producen. Lo primero acerca este juego a todos los demás. Lo segundo abre con ellos una brecha decisiva, acaso infinita.
Esta exagerada predilección por la forma hace que me olvide con demasiada frecuencia del marcador. Es como si tuviera que recordar que está ahí y que por lo visto tiene más importancia que el juego, aunque yo no la vea.

24.3.05

X

No se ha dado aún la circunstancia de que un campeonato de la NBA se decida en un último tiro al compás de la bocina luego de agotar los siete partidos completos. No me cuesta imaginar esa escena. Pero no puedo hacerlo sin convencerme de que no podrá salir de las manos el balón sin que con él viaje hasta el último soplo de vida del jugador.

Una bala que en ese preciso instante buscara dar muerte al autor de ese tiro nunca debería dirigirse al cuerpo. No lo matará.

Para obrar su cometido habrá de dirigirse al balón.

IX

Hacer lo que uno sabe no es hacer lo que uno quiere. Pero si quieres hacer lo que sabes y sabes hacer lo que quieres, serás tu mejor jugador posible.
Todo lo demás no resultará divertido.

21.3.05

VIII

Nunca dejarán de asombrarme los salvajes arrebatos que alguna vez suceden al mate en pleno fragor del juego. No comprendo cómo es posible que apenas se haya reparado en la insondable naturaleza de semejantes reacciones. ¡Observad a esas bestias!
Durante la imperceptible fugacidad de un instante, que a menudo coincide con el besar los pies el suelo, acontece en el cuerpo humano un fenómeno de prodigiosa intensidad y dudo que distinto a lo verdaderamente sobrenatural. Todo sucede muy rápido: los nervios se disparan, los músculos se tensan al límite, del corazón corre despavorida la sangre a saciar la brutal hinchazón de las venas, la temperatura aumenta, la piel enrojece, se agota la reserva de adrenalina, la amígdala secuestra el cerebro, la mente desaparece y con ella el tiempo; se diluye el alma y el Sapiens deja de serlo. El organismo entero estalla dentro de sí a un punto tan extremo que si fuera golpeado por una barra de acero, ésta se partiría con igual fragilidad que un junco reseco. La energía desatada en ese lapso infinitesimal habría de poder iluminar una urbe gigantesca como un fogonazo irreal y no es otra la razón de que la boca brame desencajada que rebasar esa fuerza infinita el ridículo continente del cuerpo.
Decir que el hombre deviene fugazmente en alimaña es decir muy poco. Diríase en verdad que durante ese cósmico pulso del tiempo el hombre trasciende la existencia real. De ahí su brevísima duración. Es la única posibilidad de un estado que no pertenece a esta vida.
Me sobrecoge hasta lo indescriptible saber que el Baloncesto haga posible ese milagro, el milagro de alcanzar el hombre por un instante como un nirvana de fuego.

15.3.05

VII

Tan abatido cayó al final del banquillo, en aquel rincón vacío de vida, que si alguien hubiera dedicado a su rostro una sola mirada, le habría sido imposible distinguir el sudor de la lágrima. Únicamente Cowens, el rudo y noble Dave Cowens, retrepado a plomo dos sillas acá, advirtió en silencio que todo en aquel hombre que de repente parecía un anciano, todo, había terminado. A él se acercó. Y la enorme sinceridad de su mano al hombro no fue más que el primer soplo de la inmensa compasión que le despertó entonces aquel alma en pena.

-Pistol, no desistas, amigo mío, la esperanza es lo último que se pierde.
-Pues dime... dime entonces qué es lo que he ganado.

(Mar. 1980)

Nada hay más humano en este mundo que el fracaso. Nada.



14.3.05

VI

"We have to score. And 'cause we have to score you know who has to do it!" (Phil Jackson, 16 de junio de 1993). Acto seguido Bill Cartwright, el mayor de todos, detuvo bruscamente la toalla y en silencio dirigió una mirada fulminante a quien tenía que hacerlo. Todos lo sabían y todos callaron. Unos segundos después el aludido cumplía a la perfección su tirano cometido.
Ni toda la ciencia táctica apilada desde el origen de este juego ni la más precisa matemática alguna tendrán jamás la menor validez cuando las manos de un genio dispongan del balón. De aquí la gran mentira histórica procedente de los banquillos y la más suprema verdad del Baloncesto, un deporte de jugadores.

V

No exagero si confieso que pasé buena parte de mi niñez, juventud y postrimerías, encerrado en una pequeña sala con la sola compañía de una pantalla que me hacía escapar de la vida y el silencio de una mujer que me la había dado. Esta mujer era la madre de mi madre, la única que conocí, y ya muy mayor, achacosa y casi inmóvil, en aquel sillón del que dolorosa parte formaba, compartió conmigo innumerables veladas de los mayores y más absurdos delirios de esta enfermedad que por algún extraño motivo algún día contraje. Dudo que aquella mujer entendiera una sola imagen, qué sentido guardaban, cómo era posible que unas personas volaran y otras, como ella, agotaran su vida en aquel miserable sillón. Y sin embargo, tan seguro estoy como que escribo esto que ninguna anciana presenció nunca más NBA que ella. Qué absurdo decir esto. Acaso mi propia insania llegó a persuadirla alguna vez de que el sentido de aquella raza en el mundo era precisamente aquel juego, que yo convertía en locura. Si yo repetía mil veces una sola canasta, un solo mate hasta perder la imagen todo sentido y el video su rumbo, ella también lo hacía. ¿No es terrible? Dios, pobre mujer. En cuántos de aquellos hondos suspiros no reparé jamás y, ahora lo sé, el inmenso significado que encerraban. Cuántas veces, al girar yo la cabeza, delaté su mirada serena clavada en mí mientras yo sólo prestaba atención a la maldita pantalla. Debo, quiero entender que su felicidad residía entonces en mi sola y espectral compañía.

A veces, en mitad de la noche, sufro de repentinos reproches por haber desperdiciado así su admirable presencia, la más dulce y serena que disfrutaré jamás y que acaso no volveré a gozar si no hay una vida después de la muerte.

Nunca te olvidaré, abuela mía. Y si hubiera posibilidad alguna de remontar mi vida, habría cambiado todo por dedicarte cada segundo de aquellos días que ya, maldita sea, ya nunca volverán.

13.3.05

IV

Si no sabes defender, no lo demuestres.

III

En 1971 disputaba sus primeras Finales. 18 años después, debo insistir, 18 años después, el verano de 1989, en un planeta completamente renovado, participaba en su undécimo cielo del Baloncesto mundial. En 1988 coincide en el All Star con Xavier McDaniel y Brad Daugherty; cuando Abdul-Jabbar disputó su primer All Star, el primero tenía 6 años y el segundo 4, y muchos de sus contemporáneos ni habían nacido cuando compartió asfalto con Manigault, Jackson o el Moisés de Harlem, Holcombe Rucker, a quien presenció vivo. Y seguramente desató su primer gancho en la mismísima cabaña del tío Tom.
Estoy convencido. Alguien que había anotado en la prehistórica caverna de la Power, con toscas redes del mismo material utilizado en los muelles de Nueva York a principios de siglo y que aún lo haría cuatro glaciaciones después en el ultratecnológico Palace, tendría que ser sin duda el viajero del tiempo que imaginó Wells en su novela. Allí, en ese Palace del futuro, cada vez que Magic le acompañaba a defender, a regresar una vez más a su aro hogar, aquel gigante parecía de verdad un majestuoso dios que, de tanto repetir el mismo recorrido, habría podido dar varias vueltas al globo. En el año de su despedida tan sólo faltó de corto a Indianápolis. Pero el público deseaba ver por última vez el sky-hook. Y Kareem salió entonces a pista y, sin reparar en que la sisa del traje le pudiera encoger los hombros, soltó un gancho ciego que hacía el número 5.701.862 desde que al salir del vientre de su madre Cora moviera por primera vez el brazo. “Podría hacerlo en sueños”, diría Jamaal Wilkes, uno de tantos compañeros cuyas carreras cabían con holgura en la del mito.
La noche del jueves 13 de junio de 1989, mientras el Forum se entregaba a Él por última vez, recuerdo haber revisado nuevamente mis papeles en la cálida soledad de la noche porque no podía terminar de creer que a aquellas alturas del Tiempo, un jugador, un solo jugador, pudiese haber vivido dos tercios de la historia de la NBA. Al acostarme, y notablemente influido por el hechizo del grandioso último movimiento de Ravel, conseguí por fin abrazar la conclusión: la Historia de la NBA… era Él. Y me costó horrores coger el sueño. No era nada sencillo aceptar que Abdul-Jabbar no fuese en verdad inmortal.
Me es imposible describir con justicia lo muchísimo que lamenté comprender que cuando un dios abandona su Olimpo, muere definitivamente para este mundo. Es más: debe morir. Y la sola visión de su persona fuera del escenario donde su existencia adquirió sentido es de un absurdo cruel. Así ese Isiah Thomas que viajó a Barcelona hace unos días no era él. Era otro. Y aquel extraño Jordan azul poco más que un encantador muerto viviente.

8.3.05

II

La canasta del futuro, si acaso su forma y dimensiones conservara intactas, carece de soporte tal y como hoy lo conocemos. Nada puede ver el ojo entre el suelo y el tablero porque nada material los une. Alguna prodigiosa fuerza consigue que allá en el aire se encuentre suspendida como por arte de magia.
La canasta, esa flor mecánica cuyo cuerpo parece eterno, perderá algún día su tallo.

7.3.05

I

Si en medio de la oscuridad y el más absoluto silencio te vieras de repente asaltado por el crepitante gemido de una red al paso del balón y no sintieras estremecer todas y cada una de tus fibras, será que el Baloncesto no es centro de tu vida. Corre pues a disfrutar de ella.

Discover James Ehnes, Orchestre symphonique de Québec, Yoav Talmi!